Texto: Marta Turok en Artes de México no. 62. Día de Muertos, serenidad ritual. septiembre 2002 pp. 51-54
Imagen: Jorge Pablo Aguinaco. Sierra Mixe, Oaxaca, 1990.
La tradición ritual del día de Muertos casi no se ha modificado en las comunidades indígenas, pero en las grandes urbes ha sufrido una metamorfosis en la que los objetos sagrados se transforman en motivos de ornato o en banderas de la nacionalidad ¿qué piezas forman aún parte del diálogo que los hombres establecen con los dioses, y cuales integran el universo decorativo?
El olor y el color son inconfundibles, fuertes y penetrantes llegan por ahí de octubre cuando la cosecha está a punto. Arriba a los mercados y tianguis la flor de cempasúchil como señal de que se acerca esa particular fecha en que recordaremos a los que han partido. Empiezan a montarse los puestos en los que se venden objetos destinados a la celebración del día de Muertos: las rajitas de ocote con el copal, los incensarios y candelabros de barro, el papel picado…
En la conciencia colectiva –sobre todo urbana- aparece la figura, que con el tiempo ha logrado imponerse, de un mexicano que juega con la muerte, se burla de ella, la trata con irreverencia. Y esta imagen se yuxtapone con la de las comunidades indígenas, guardianas de la ritualidad, que viven esta ceremonia con sigilo y reverencia.
Las festividades que estos grupos consagran al día de Muertos se celebran en familia; son íntimos, aunque poseen una dimensión colectiva, comunitaria. Como en todo ritual, se componen de varios actos. La recepción y despedida de las ánimas, la preparación y colocación de las ofrendas en el altar familiar, el arreglo de las tumbas, la velación en el camposanto y la celebración de oficios religiosos dentro de la liturgia católica. En esta ceremonia los parientes muertos regresan en su estado de ánimas. Como vienen de un mundo parecido al de los vivos, se les recibe con una breve convivencia y se les despedirá con música, comida y recuerdos, no hay olor a muerto ni hay temor.
En muchos lugares, las ánimas de los muertos serán guiadas por el aroma de pétalos de flores –preferentemente de cempasúchil- que trazan una vereda desde la calla hasta el altar.
El repique de campanas, los rezos, la quema de copal y el encendido de velas anuncian su llegada, en tanto que el tronar de los cohetes o un nuevo repiquetear de campanas los despide. Aunque hay lugares, como la huasteca hidalguense, en que las festividades del día de Muertos tienen repercusiones hasta el Carnaval, cunado algunas ánimas que quedaron sueltas son capturada con mecates (el micahuitl) para que regresen al más allá.
La ceremonia se prepara con antelación: se limpia el panteón, generalmente con tequio y faenas comunales. Las familias se encargan del arreglo de los sepulcros particulares, aunque nunca falta el atavío de la tumba de algún muerto anónimo, o de algún otro que ha perdido a sus familiares, quienes son recordados porque en algún lugar del mundo, se les echa de menos.
Después del arreglo de la tumba, viene la velación, el acompañar todo el día o la noche a los muertos, a veces compartiendo los alimentos, y con frecuencia llevándoles serenatas o ejecutando danzas rituales con mascaras, de modo que la devoción ante el altar familiar se replica en el camposanto.
Ubicada junto al altar tradicional a los santos o en la estancia principal de la casa, la ofrenda muestra variaciones regionales, y a la vez comparte ciertos elementos formales, una mesa o una repisa cubierta por un mantel, preferentemente blanco con bordados –que en la actualidad ha sido sustituido en ocasiones por uno de plástico estampado-, son la base de cualquier altar en la República Mexicana. Para delimitar el espacio sagrado que será destinado a la ofrenda, se amarran a las patas de la mesa uno o varios arcos de caña, otate o carrizo, que son adornados con palma, cucharilla, flores de cempasúchil, hoja de plátano e incluso frutas frescas, chiles secos y panes, los altares más espectaculares se construyen a modo de catafalcos con cajas o repisas cubiertas para ganar altura, en este tipo de trabajo destacan los pueblos nahuas de la ciudad de México y la huasteca, los purépechas de Michoacán y los zapotecos del valle de Oaxaca.
Delante o detrás de la mesa en ocasiones se cuelgan flores de papel, papeles picados o recortados, que acompañan a las fotografías de los parientes que han partido, generalmente colocados entre varios floreros, delante de la mesa, sobre un petate nuevo, pueden ponerse uno o más incensarios. También en la ofrenda puede integrar alguna vestimenta u objeto emblemático del difunto, como un machete, un sombrero, una faja, juguetes para los niños, etcétera.
Entre el 30 de octubre y el primero de noviembre se habrán cocinado ya los platillos tradicionales que serán ofrendados a los muertos. Se acostumbra que todos los trastes de barro en los que sean ofrendados los alimentos sean nuevos y que después pasen a conformar la vajilla cotidiana.