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Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas Imagen: ---
La muerte en el México prehispánicoLa muerte en el México prehispánico En México, las ceremonias rituales dedicadas a los muertos se practican, desde antes de la llegada de los españoles a tierras mesoamericanas, el culto data por lo menos desde 1800 antes de nuestra era.. Dentro de la cosmogonía de las culturas del centro de México, se encontraban las fiestas para la celebración de los muertos. La muerte fue, para muchos de los pueblos mesoamericanos, de gran importancia dentro de su sistema de creencias. Al respecto algunas fuentes como Fray Durán, Torquemada, Sahagún y Krickeberg, señalan que en el calendario mexica el cual constaba de 18 meses, los meses noveno y décimo denominados Tlaxochimaco y Xocolhuetzi respectivamente, estaban dedicados a la celebración del día de los muertos chiquitos, el primero y de los grandes, el último.
Jurado y Camacho en su tesis sobre el Xantolo, nos dicen que son 8 los meses en el calendario azteca que estaban relacionados con festividades en honor a los muertos, estos meses eran el quinto, llamado Toxcatl; El noveno llamado Tlaxochimaco o Miccailhuitzintli que así se denominaba entre los tlaxcaltecas y otros grupos; el décimo mes llamado Xocolhuetzin o según Torquemada, también recibía el nombre de Hueymiccailhuitl entre los tlaxcaltecas; el onceavo mes denominado Ochpaniztli; el siguiente llamado Teotleco; el treceavo mes recibía el nombre de Tepeilhuitl donde las fiestas estaban dedicadas a las personas ahogadas; Quecholli era el mes que se festejaba a los dioses del "infierno", en estas fiestas hay referencias de rituales sobre los sepulcros. Cabe mencionar que esta festividad coincide en fecha con la de Todos Santos y los Fieles Difuntos del calendario cristiano. Por último está el mes de Panquetzaliztli el cual coincidía con el solsticio de invierno.
Entre los antiguos mexicanos se creía que la vida de todo hombre estaba constituida por tres fluidos vitales: el Tonalli localizado en la cabeza; el Ihiyotl, asentado en el hígado; y el Teyolía, cuyo centro era el corazón. Cuando la muerte acontecía, estos tres elementos se separaban. Entonces, el Teyolía o alma, tenía la posibilidad de ir a dos regiones, localizadas más allá del mundo real, en atención a la forma en que se había muerto o al grupo social de pertenencia.
La muerte en el México prehispánico Los mexicas suponían que había tres lugares a donde se dirigían los difuntos según el tipo de muerte y no por la conducta en esta vida. Así, tenemos que el lugar denominado Mictlán o Xiomoayan, lugar de los muertos descarnados o inframundo, era concebido como un lugar poco favorable donde se iban las almas no elegidas por los dioses, quizás por eso los españoles le dieron la traducción de infierno. Este lugar estaba conformado por nueve planos o pisos terrestres los cuales eran recorridos por los difuntos para poder llegar al noveno y último piso, que era el lugar de su eterno reposo denominado "obsidiana de los muertos".
El segundo lugar llamado Tlalocan o "paraíso de Tláloc". El tercer lugar estaba conformado por Cihuatlampa y Mocihuaquetzque, también conocido como cielo, ya que los difuntos iban donde se encuentra el sol. Se pensaba que tenían que pasar cuatro años del deceso para que el muerto llegara al noveno inframundo y alcanzara el descanso definitivo.
Los mexicas tenían dos tipos de ritos funerarios: la cremación y el entierro. Los muertos comunes se incineraban. Se les envolvía con telas en posición fetal y se les ponía una máscara. Las cenizas se guardaban en una urna y se les ponía un trozo de jade, como un símbolo de la vida. El entierro estaba destinado a los altos funcionarios y a los soberanos. Se les ajuareaba lujosamente con joyas y máscaras funerarias y en la boca se depositaba una piedra de chalchihuite que reemplazaba al corazón verdadero.
Las obras de la producción material de las divinidades prehispánicas revelan la existencia milenaria de una profunda preocupación por la muerte. Los registros arqueológicos más antiguos muestran que el universo imaginario de los muertos seguía pautas ordenadoras desde los inicios de la civilización mesoamericana. En las sociedades de mesoamérica los conceptos de la muerte debieron ser indispensables, la subsistencia de los cuerpos sociales dependía de la muerte misma y de su imposición a otros grupos a través de la guerra.
El simple acto de morir fue motivo de creación artística. El ritual de los primeros tiempos ha sido olvidado, junto con su música y su danza; pero quedaron los objetos materiales resistentes, las ofrendas que acompañaban a los muertos con fines utilitarios: vasos, ollas, vertederas, cazuelas han sido encontradas en los entierros.
La muerte en el México prehispánico Con estilos propios estas culturas dedicaron talentos artísticos para cubrir necesidades ideales postreras: el ajuar que los muertos requerían para su estancia en el sitio del universo que les correspondía iba de acuerdo a las jerarquías, ocupaciones, formas de morir, etc., lo que produjo gran variedad de objetos. Las ofrendas más antiguas así lo sugieren, no debió existir un dios de la muerte al que se pudiera distinguir por la repetición iconográfica de sus atributos; aunque la presencia de seres descarnados demuestra que no fueron pocos los esfuerzos invertidos para responder metafísicamente al hecho de morir. Lápidas y figurillas, cuyo significado cabal se ha escapado, son los testimonios mudos de aquellos afanes.
Durante el periodo clásico, hacia el primer milenio de nuestra era, las representaciones de cráneos esculpidos como el marcador de piedra teotihuacano, indican que la muerte fue pensada como símbolo de espacio y de tiempo: punto de ubicación de los rumbos del universo y signo calendárico, quizá señaló el extremo limítrofe del cosmos.
Las necrópolis mayas y sus monumentos funerarios relacionan a la muerte con el poder político. La tumba de Palenque y las figurillas de corte naturalista de jaina implican una muerte desigual: los poderosos se ligaban a las fuerzas cósmicas hasta con el acto de morir; la justificación de sus actos en vida no daba márgenes en la duda; debían ser obedecidos, adorados y conmemorados como partes del engranaje metafísico.
El periodo posclásico dejó huellas objetuales más considerables. Dioses y Diosas descarnados, abundantes en piedra, barro y pinturas, indican un pensamiento que no escondía de la muerte útil. Los sacrificios humanos eran tan importantes a la religión como a la economía; la muerte y sus símbolos se multiplicaron como señales inequívocas de ser parte terrible de la vida productiva.
De acuerdo a la leyenda de los soles y la creación del hombre, los seres humanos actuales fueron hechos de los despojos de los muertos en etapas anteriores. Quetzalcóatl, dios celeste, bajó al Mictlán, inframundo habitado por el dios descarnado Mictlantecutli, para buscar los “huesos preciosos”. Luego de molerlo, Quetzalcóatl se sangró junto con varios dioses; nació el hombre, por cuyos sacrificios vivirían las divinidades. La teogonía india no sólo explicaba el origen del universo y del hombre, sino que regía las conductas humanas en todo momento.
El agua era elemento nodal en las culturas mesoamericanas se utilizaba en los ritos del nacimiento, muerte fecundidad, supervivencia; el líquido era vehículo propiciatorio. El inicio y el final de la vida humana se sellaba con agua. Hacía resplandecer el corazón al nacer; purificaba y fluía, sustentaba y apoyaba al hombre. En la muerte lo despedía. El cuerpo se incineraba, pero el alma, la otra parte de la naturaleza humana, viajaba al sitio final, límite del cosmos y espacio de la divinidad.
La muerte en el México prehispánico De acuerdo a la manera de morir el alma encontraba su destino: al Tlalocan, paraíso del dios de la lluvia, se dirigían los ahogados, hidrópicos y los ofrecidos al dios; acompañaban al sol Huitzilopochtli las mujeres muertas en parto y los guerreros caídos en la batalla o en la piedra del sacrificio; al Mictlán, lugar común de los descarnados, iban quienes fallecían por cualquier otra causa.
El viaje al Mictlán era largo: cruzaba un río, atravesaban dos cerros que chocaban entre sí y luego el camino de la culebra, el de la lagartija verde, los ocho páramos, los ocho collados, el lugar del viento de navajas de obsidiana y el río Chiconauapan, hasta llegar al noveno nivel del inframundo, el Mictlán. Un perro guiaba el alma del muerto, al cabo de unos años, el alma, como el recuerdo de los vivos, se disolvía.
La muerte era parte del cosmos sin cargas morales. Simplemente era. Su representación estaba obligada en cualquier acto trascendente de la vida individual y social, no sólo durante las ceremonias a los dioses o en los deberes para con los difuntos.
La celebración de muertos en el México colonialDía de muertos. Fiestas indígenasEn el año de 1521, México fue conquistado por los españoles. La caída de Tenochtitlán, capital de los antiguos mexicanos, fue el símbolo del exterminio de las culturas indígenas. Nuevas ideas acerca de la muerte se implantaron. La ideología de los conquistadores, sustentada en el catolicismo, modificó ritos y cosmovisiones.
La idea de una prolongación de la vida en el más allá se mantuvo, si bien es cierto que sustancialmente distinta. Las dos regiones a las que iban los muertos en la mitología mexica, se sustituyeron por el cielo y el infierno, cambio que traería consigo una diferente valoración del concepto de la muerte. El destino del alma se determinó en atención al bien y al mal, al comportamiento de una ética cristiana basada en las buenas o en las malas acciones que se hubiesen realizado en vida. Un nuevo dios apareció que premiaba o castigaba.
De los ritos funerarios mexicanos, la cremación y el entierro, el último devino una ceremonia común, en tanto que la cremación fue prohibida, pues con ella se destruía al cuerpo, tan necesario en el futuro día del juicio final. Y el entierro, al mantenerse, dio lugar al hasta entonces desconocido concepto del cementerio, del ataúd, de la tumba acicalada, de epitafios, del catafalco y de los primarios entierros en los atrios de las iglesias.
Con los españoles llegaron también las nuevas fechas para los rituales de la muerte –el 1º y 2 de noviembre- que venían a sustituir a las dos fiestas indígenas dedicadas a los muertos: la Miccahitontli o Fiesta de los Muertecitos, celebrada el noveno mes del calendario nahua; y la Fiesta Grande de los Muertos, del décimo mes del año.
Pero si bien es cierto que la nueva concepción se impuso, muchos de los ritos antiguos se mantuvieron, otros se amalgamaron a los hispanos y esta mezcla de elementos culturalmente distintos, dio origen a un nuevo culto, a una ceremonia mortuoria derivada del sincretismo.
Fiesta de día de muertos en el México actualDía de muertos. Fiestas indígenasEl sincretismo entre costumbres españolas e indígenas dio origen a lo que actualmente constituye la Fiesta de Día de Muertos. En México, país pluricultural y pluriétnico, la celebración de muertos no tiene un carácter homogéneo, sino que adquiere diferentes modalidades según el pueblo indígena o grupo social que la realice. Las variantes rituales son muchas, sin embargo, todas ellas giran alrededor de ciertas prácticas comunes: la bienvenida y despedida de las ánimas, la colocación de ofrendas para los muertos, el arreglo de las tumbas, la velación en el cementerio y la celebración de oficios religiosos.
Los preparativos para estas fiestas varían; algunas comunidades inician el 15 de mayo, con la siembra del cempasúchitl; otras los primeros días de octubre empiezan a hacer sus ahorritos para la fiesta de noviembre. En el caso de los nahuas de Tepexititla y Chililico, se inicia el 29 de septiembre, fecha en que se celebra a San Miguel, este día se realiza la primera ofrenda a los muertos.
Los últimos días de octubre o el primero de noviembre dependiendo del grupo, da inicio a la celebración del Día de Muertos, que al parecer esta marcado por la preparación de la ofrenda en la cual participa toda la familia. En estas ofrendas podemos encontrar diferentes elementos como son: el arco de carrizo de varas o caña adornado; la flor de cempasuchitl; las velas o luces; el copal; una cruz o algún santo; alfarería o cerámica funeraria ornamental; comida y bebida, entre otras cosas.
Durante este periodo la productividad aumenta significativamente. Los artesanos de Chililico, en el estado de Hidalgo; los de Santa Fe de la Laguna y Patamban en Michoacán; los de Amozoc en Puebla; en Oaxaca los de Atzopan; - solo por mencionar algunos lugares que se destacan por su alfarería y cerámica funeraria ornamental- empiezan a trabajar uno o dos meses antes. Las flores como el esbelto gladiolo, la siempreviva, la cresta de gallo, o la flor de los cuatrocientos pétalos, más conocida como la flor de muerto o cempoaxuchitl inundan los mercados, mientras la parafina, cera, sebo, le van dando forma a las velas tan codiciadas en esas fechas.
Los panaderos se encargan de satisfacer el paladar de vivos y muertos con los panes especiales para esa época del año como son: el pan de muerto, la rosca de la vida, pan cruzado, huesos de manteca, entre otros. Cabe mencionar que muchos panes especiales para estas fechas, tienen formas humanas o de animales. Los dulceros hacen lo suyo con las famosas calaveritas de azúcar que llevan impreso el nombre del comprador, las cruces, los violines o el sabroso dulce de pepita de calabaza. Así, los mercados se ven abarrotados de tejocotes, caña, calabaza y todos los ingredientes necesarios para elaborar los platillos que se ofrendan a los muertos y que se comen los vivos.
La fiesta de Día de Muertos en México principalmente entre los grupos indígenas, es un momento de reunión de toda la familia, tanto vivos como muertos, con lo cual, se fortalece la identidad, además de las relaciones sociales interfamiliares primero y comunales después. Es por esto, que esta celebración tiene una función social de suma importancia por la gran riqueza simbólica que se encuentra presente durante toda la celebración.
En varios grupos indígenas se acostumbran las comparsas, las cuales juegan un papel importante, pues no solo se trata del rito de ahuyentar u ofrendar a los muertos, o de la representación de las ánimas que no tienen una casa a la cual llegar, y que vagan por la comunidad, la cual se encarga de dar a dichas ánimas alimento y bebida, sino también de transgredir normas y la representación de los problemas cotidianos así como de su entorno a través de la danza y la música.
Día de muertos. Fiestas indígenasLa música se escucha por todos lados, en el panteón, acompañando las comparsas, en las casas, en la iglesia. Los géneros que se tocan son diversos, las dotaciones varían según la región, pero lo que es un hecho, es que la música no falta durante estas fiestas entre los pueblos indígenas de nuestro país.
Para recibir a las ánimas, se les quema copal y se les dirigen algunas palabras de bienvenida. Es común que estas acciones vayan acompañadas de música. Uno o dos días antes de la fecha, los familiares acuden al panteón a limpiar y a adornar las tumbas con flores, velas y cruces.
Las ofrendas se colocan en los altares domésticos o sobre mesas de uso cotidiano. Se cubren con finos manteles, papel de china, hojas de plátano o petates de tule, según sea la costumbre regional. Después se les agregan flores especiales para la ocasión, ceras, alimentos, incensarios con copal, la bebida que más le gustaba al difunto, cigarrillos, panes, fruta, calaveras de azúcar, sal, el retrato del muerto y un vaso con agua, ya que las ánimas están sedientas por el viaje emprendido a la tierra.
Desde la entrada de la casa a la ofrenda se pone un camino de pétalos de flores de cempaxúchitl, que sirve como guía para que las almas lleguen al altar y puedan absorber la esencia de los alimentos puestos para tal efecto. Para despedir a las ánimas se tañen las campanas de la iglesia y se queman cohetes. Mientras la banda toca música fúnebre, los deudos acompañan a las almas hasta el panteón para que puedan regresar a sus tumbas.
Artesanía ritualLa colocación de la ofrenda y todas las actividades que se realizan alrededor de la celebración del Día de Muertos, originan una gran producción artesanal de carácter meramente ritual. Semanas antes de las fechas conmemorativas, los artesanos de todo México comienzan la tarea de elaborar objetos rituales que han de utilizarse para el adorno de tumbas, ofrendas y los servicios religiosos.
Es costumbre en algunos lugares, que los incensarios, los candelabros y las vajillas donde se sirve la comida de los difuntos, sean nuevos; por lo que cada año se prevé el gasto de la compra. Después de “usados” por el muerto, sirven para el uso cotidiano.
Las producciones artesanales son muchas y muy variadas. Destacan las flores de papel de estaño del Estado de México; el papel picado de Puebla; los sahumerios de Chiapas; los ángeles y querubines de azúcar de San Luis Potosí; los “monumentos funerarios” de alfeñiques de Puebla; las calaveras de azúcar, chocolate y amaranto de la Ciudad de México; los candelabros de Oaxaca; la cerámica negra de Michoacán; los juguetitos de barro pintado de Veracruz; el pan polimorfo de toda la República y, por supuesto, la artesanía culinaria y efímera que elaboran las mujeres para la ofrenda.
Todos estos productos artesanales cumplen una función específica, están dirigidos a las ánimas de los parientes muertos y tienen como objeto propiciar su llegada, a la vez que proporcionarles la esencia de los elementos que les permitan mantenerse en buenas condiciones en el lugar del más allá en que se encuentran. Por otro lado, por medio del ritual de la ofrenda y sus componentes, el difunto obtiene la conciencia de que no ha sido olvidado, de que aún “vive” en el recuerdo de sus familiares porque es objeto de atenciones especiales el día de la "Fiesta de la Muerte".
El mercado y la fiesta de los muertosLas actividades rituales que se realizan durante las celebraciones del Día de Muertos, originan un intenso comercio de productos agrícolas y artesanales en todos los pueblos y ciudades de la República Mexicana.
Día de muertos. Fiestas indígenasPara elaborar las ofrendas, muchas familias obtienen los productos de sus propias cosechas y manufacturas artesanales. Sin embargo, si es necesario compran otros artículos de los que no se dispone. Entonces se acude a los mercados regionales, que agregan a las mercancías habituales aquellas que se utilizarán para los altares y demás acciones colaterales.
Asimismo, con una o dos semanas de anticipación a la fiesta, aparecen mercados especializados en mercancías relacionadas con el Día de Muertos, entre ellos puede mencionarse el “Tianguis Grande” de Yecapiztla, Morelos; la “Plaza de Muertos”, que se ubica en los portales de Malinalco, Estado de México; el “Mercado de Muertos”, en la ciudad de Oaxaca, y los tianguis exteriores de los mercados establecidos en La Merced y de Jamaica en la Ciudad de México.
En las tiendas y vinaterías se adquieren las bebidas que se van a poner en el altar. Los cirios, las velas y las imágenes de santos se compran en las iglesias, los mercados o en las tiendas dedicadas a la venta de objetos religiosos. Los mercados de México, durante las fiestas de la muerte, constituyen uno de los espectáculos más bellos y tradicionales de la cultura popular.