miércoles, 17 de septiembre de 2008
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Había estado quince días encerrado en mi habitación, rodeado de libros que estaban de moda entonces (hace dieciséis o dicisiete años); me refiero a eso libros que estudian el arte de hacer que los pueblos sean felices, sabios y ricos en veinticuatro horas; de modo que había digerido –tragado, mejor dicho- todas las lucubraciones de todos esos empresarios de felicidad pública, de los que aconsejan a los pobres que se conviertan en esclavos y de los que les persuaden de que son reyes destronados. No es de extrañar, pues, que me hallara en un estado mental cercano al vértigo o a la estupidez.

En lo mas hondo de mi intelecto me pareció sentir el gérmen confuso de una idea superior a todos los remedios caseros, cuyo diccionario acababa de recorrer pero no era más que la idea de una idea, algo infiinitamente impreciso.

Y salí con una sed tremenda, pues el gusto apasionado por las malas letras produce una necesidad proporcional de aire libre y de refrescos.

Cuando iba a entrar en una taberna, me tendió su sombrero un mendigo, con una de esas miradas inolvidables que derribarían tronos, si el espiritu afectara a la materia y si la mirada de un hipnotizador hiciese madurar las uvas.

Al mismo tiempo oí que me susurraba al oido una voz que reconocí perfectamente, era la voz del ángel bueno o del demonio bueno que me acompaña a todas partes, si Sócrates tenía su demonio bueno ¿Por qué no iba yo a tener mi ángel bueno, por qué no iba a tener, como Sórates el honor de obtener un diploma de loco, frmado por el súil Lélut y por el sagaz Baillarger?

Hay una diferencia entre el demonio de Sócrates y el mio: el de Sócrates no se le manifestaba más que para prohibir, prevenir, impedir; mientras que el mio se digna aconsejar, sugerir, persuadir, el pobre Sócrates tenía solo un demonio represor el mio es un demonio de accióno un demonio de combate.

Pues bien, su voz me susurraba: “Sólo es igual a otro quien lo demuestra, y sólo merece la libertad quien sabe conquistarla” inmediatamente me abalancé sobre el mendigo, de un solo puñetazo le puse un ojo a la funerala, que, en un segundo se le hinch como una pelota. Me quebré una uña al partirle dos dientes, y como no me sabía lo bastante fuerte, pues soy enclenque por naturaleza y he practicado poco el boxeo, para abatir rápidamente a aquel viejo, le tomé de la solapa con una mano, le agarre el cuello con la otra y me puse a golpearle la cabeza contra la pared con todas mis fuerzas, he de confesar que antes había echado una ojeada a mi alrededor para comprobar que aquella barriada desierta estaba fuera del alcance de todo agente de policía durante un buen rato.

Luego, tras haber derribado a ese sexagenario debilitado propinándole un puntapié en la espalda lo bastante fuerte como para romperle los omoplatos, tomé una gruesa rama de un árbol que estaba en el suelo y la emprendí a golpes con él, con la energíia obstinada de un cocinero que trata de ablandar un filete.

De pronto -¡oh milagro! ¡oh goce del filósofo que comprueba la excelencia de su teoría!-, vi que aquella antigua osamenta se daba la vuelta, se ponía de pie con una energía insospehada en una máquina tan singularmente cascada, y con una mirada de odio que me pareció de buen augurio,  el decrépito malandrín se lanzó sobre mí, me hinchó los dos ojos, me rompió cuatro dientes y con la misma rama qe había utilizado yo, me dió una soberana paliza, gracias a mi enérgico tratamiento, le había devuelto pues, el orgullo y la vida.

Entonces le hice toda clase de gestos para darle a entender que daba la discusión por concluida y levantándome con la satisfacción de un sofista del Pórtico, le dije: “Caballero ¡somos iguales! Hágame el favor de compartir mi bolsa, y si es usted realmente filántropo, recuerde que ha de aplicar a todos sus colegas, cuando le pidan limosna la teoría que he tenido el dolor de experimentar sobre sus espaldas.

Me juro que había comprendido mi teoría y que obedecería mis consejos.


Publicado por PRK @ 20:45  | Libros y música
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