miércoles, 05 de diciembre de 2007

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Por Carlos Viesca

La existencia de cualquier medicina tradicional implica la dinámica de dos tipos de factores que, por lo demás se encuentran íntimamente ligados entre sí: uno de transmisión del conocimiento, caracterizado por una acción directa ejercida de generación en generación y materializada en estirpes de médicos que mantiene y reproducen el conocimiento; y otro de carácter político, que se deriva de la existencia de una cultura, y por ende, de un sistema medico hegemónico en el cual los mecanismos de transmisión del conocimiento han sido apropiados por el Estado, en tanto que subsisten extraoficialmente los terapeutas, el conocimiento y las formas de transmitirlo de otros grupos que, por razones de diversa índole, han pasado a desempeñar el papel de representantes de culturas no hegemónicas.

En este sentido las medicinas tradicionales han existido en diferentes sociedades como supervivencias de condiciones pretéritas, funcionando a la vez como freno y forma de control social en cuanto a la autoingestión de la salud por parte de la población. No me ocupare ahora de los datos que nos permiten inferir la presencia de una medicina tradicional en la sociedad mexica prehispánica, ni de los cambios que conformaron la estructura de al medicina oficial en ese momento, sino de los que, al día siguiente de la conquista española, levaron a esta medicina oficial mexica a constituir una parte fundamental de la medicina tradicional mexicana tal como ha evolucionado desde entonces a nuestros días.

La medicina náhuatl, complejo cultural del cual la que se practicaba en México-Tenochtitlán era representativa, había alcanzado un considerable grado de desarrollo a principios del siglo XVI. Investigaciones modernas han desenmarañado poco apoco el cúmulo de conocimientos que de ella han llegado hasta nosotros, sea en códices y documentos, sea el uso de remedios y elementos terapéuticos, de manera que ya no estamos limitados a la afirmación de que los médicos indígenas practicaban una medicina de indudable utilidad, sino que conocemos cuales eran sus prescripciones y buena parte de los principios generales de su teoría medica.

Toda su concepción de la medicina partía de la consideración del hombre como habitante de la región del centro del universo, a mitad entre los cielos y las nueve regiones del inframundo, en la confluencia de los cuatro puntos cardinales. En este universo se creía que pululaban dioses y espíritus de diversos géneros que regían, condicionaban y modificaban todo lo que en él se acontecía. La enfermedad tenía una representación básicamente religiosa, en la que aun los elementos mágicos estaban rigurosamente jerarquizados y supeditados a la acción o el permiso de deidades como Tezcatlipoca, por ejemplo. Sin embargo, se había desarrollado también, basado en una minuciosa observación de las circunstancias que rodeaban a la enfermedad y del curso de ésta, un sólido conocimiento teórico en el cual la explicación de lo que pasaba no podía ser dejada al nivel de reconocer que los dioses la habían provocado, sino que buscaba saber que cambios físicos, que modificaciones en el interior del cuerpo humano, provocaban la acción de esos entes. Los puntos de referencia estaban dados por la consideración de una polaridad frío-calor que, encarnado las propiedades características del inframundo y lo celeste respectivamente, hacían aprehensibles y aun clasificables los fenómenos naturales, no refiriéndose ya tan solo al dios que lo generaba, sino a las características físicas propias de la divinidad, del rumbo del universo de donde ésta procedía, del lugar en donde el fenómeno tenia efecto, de las propiedades de los demás seres involucrados en él. Así quedaron perfectamente definidos los principios de una medicina que consideraba a la salud como un equilibrio de los componentes fríos y calientes del hombre –ser del centro como hemos visto; y a al enfermedad como las alteraciones que aquel sufría, pudiendo así estudiarse estos fenómenos independientemente de la causa que los produjera

Esa actitud de observación permitía el uso, paralelo a las oraciones y acciones mágicas, de numerosos procedimientos médico-quirúrgicos encaminados a reinstalar el equilibrio perdido, expeliendo el calor o frío excedente, proporcionando sustancias que los aumentaran cuando uno u otro faltaban, que los desplazaran cuando su distribución en el organismo no era la adecuada, que llenaran los vacíos dejados por la sustancias expulsadas del cuerpo o movilizadas dentro de él.

Al finalizar la conquista había quedado una población indígena relativamente numerosa, con creencias muy arraigadas, aunque éstas fuesen declaradas falsas y supersticiosas dentro del nuevo orden reinante. Sin embargo, la habilidad práctica de médicos y cirujanos nativos había sido altamente apreciada por algunos de los conquistadores, quienes habían hecho uso de ella, primero por necesidad, a falta de médicos europeos, después por convicción. Por otra parte, en el médico indígena, responsable oficial durante algunos años cuidado de los enfermos de su propia raza, se concentro también en el mantenimiento de las creencias en los antiguos dioses, ahora equiparado con Jesucristo, la Virgen y los santos Cristianos en un sincretismo que impidió su reconocimiento por parte de los frailes e inquisidores. El culto a la virgen de Guadalupe, madre de los mexicanos, en el mismo sitio mismo donde estuviera un santuario de Tonantzin, y la presencia de una imagen de Tlaloc en el altar cristiano en el que los graniceros llevan a cabo hoy día sus ceremonias en la cueva de Alcaleca, en las faldas de Iztacihuatl, son muestreas fehacientes de ello.

Ministro del culto y creencia de los dioses de sus antepasados, el médico indígena fue perseguido. Curandero conocedor de los remedios autóctonos, fue buscado y consultado por aquellos mismos que le habían quitado su calidad de médico

Durante unos cuantos años, al inicio del régimen colonial, persistió en la ciudad de México un tipo de médico indígena que, si bien reducido a unos cuantos representantes, cumplía con la función de atender a la población indígena de acuerdo con los conocimientos y experiencias de sus antepasados. Esta medicina se practicaba, y según testimonios de la época, se enseñaba en el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, donde se escribió en 1552 el primer libro de medicina hecho en América, el Códice de la Cruz-Badiano , el cual contiene numerosos remedios indígenas combinados con elementos europeos provenientes inclusos de textos clásicos, tales como la Historia Natural de Plinio. Esto marca la aparición de la segunda gran raíz de nuestra medicina tradicional, que es la española. Importadas de Europa llegaron muchas plantas que pronto empezaron a a cultivarse en Nueva España, al mismo tiempo que se buscaban sustitutos mexicanos para las que no legaban. Se consagraron así los usos del ajenjo y el estafiate, su contraparte americana, del ruibarbo, de la ruda, de la artemisa, de la Santa María, y otras plantas más. Todo esto fue aprendido rápidamente por los curanderos indígenas, quienes les atribuyeron grandes virtudes como productos exóticos que eran para ellos, de igual manera que las plantas americanas como el tabaco, la zarzaparrilla, el guayacán o la raíz de Michoacán, Lorena par a los médicos europeos.
Desde el punto de vista de las creencias, fueron asimismo adoptadas por los curanderos, ahora ya bautizados, las oraciones y el patronazgo de los santos cristianos, incluyendo el indispensable altar. Del lado de las teorías, pudieron fácilmente comprender los que decían los españoles acerca de las causas de las enfermedades y de sus tratamientos, ya que la teoría de los humores, modelo explicativo valido en la medicina europea de ese entonces, consideraba el frío, el calor, la humedad y la sequedad como características físicas a partir de las cuales se podía clasificar todo lo existente en le mundo fisco. Esto correspondía parcialmente con le sistema binario indígena basado en la polaridad frío-calor. De hecho es importante recalcar que las diferentes comunidades indígenas y mestizas mexicanas se mantuvieron estas dos propiedades, el frío y le calor, de procedencia netamente indígena, no prestándose prácticamente importancia ni a lo húmedo ni a los seco.

De esta manera se fue constituyendo, a través del tiempo, un cuerpo de conocimientos, creencias y practicas que ya no es, desde ningún punto de vista, indígena, en el sentido de lo prehispánico, ni tampoco español. La medicina tradicional mexicana es tequitqui, mestiza. Es una prueba de importancia de ese mestizaje que caracteriza nuestra nacionalidad. Sus conceptos son aquellos de la ciencia del siglo XVI, nahua y española, que se han enriquecido en los cuatrocientos años transcurridos desde entonces con otros provenientes de la medicina popular española, con su raíz arábiga, de los traídos por los esclavos negros en los siglos XVI y XVII, con la idea de la localización espacial de la enfermedad en un órgano, con le conocimiento impregnado altamente de factores imaginativos de la existencia de microbios patógenos. Durante esos siglos se ha perdido la sistematización, excepción hecha de los curanderos que han guardado cuidadosamente sus conceptos y los han transmitido de generación en generación, no limitándose a enseñar las practicas y los procedimientos que tiñen de empirismo la acción de muchos otros; ahora está allí testimoniando un conocimiento que constituyo la “ciencia” de nuestros antepasados y que está allí, para permitirnos reconstruir su estructura cognoscitiva y para ser resistematizada por alguien que la vea dentro de esa misma cultura, como sucede de vez en vez con curanderos llamados a serlo por medio de signos sobrenaturales, y quienes tienen que integrar su conocimiento, sea a través de ungía o mediante la experiencia mística.

La importancia de la medicina tradicional para la atención y manejo de problemas de salud es innegable. Ya a principios del siglo XVII, el medico del marques de Guadalcazar, virrey de Nueva España, se quejaba con amargura de que la clientela d e los médicos universitarios era escasa, pues todos los indios y muchos españoles acudían con curanderos para atenderse. En la actualidad, la situación no ha cambiado sino parcialmente, ya que un buen porcentaje de los mexicanos recurren de una u otra manera a la medicina tradicional: tenemos a la población rural con difícil acceso tanto material como culturalmente a los servicios oficiales de salud, comprendiendo en ella a los grupos indígenas, mas o menos puros, en quienes el arraigo a las tradiciones es mas acentuado; están los grupos marginados, con grados variables de desarraigo; el esnobismo de ciertos sectores de las clases media y alta que, al igual que sucede en otros países del mundo, está tomando algunas practicas y creencias de estas medicinas como un medio de demostrar su inconformidad y descontento frente a los satisfactores sociales y a la sensación de vacío existencial.

Oficialmente inexistente, la medicina tradicional mexicana, paralelamente con otros sistemas médicos importados, continua cubriendo necesidades concretas. Es ya el momento de reconocer y redefinir el papel de la medicina tradicional en la atención primaria de la salud, y establecer las políticas de la salud, y establecer las políticas adecuadas para ello, de recorrer el velo de su invisibilidad y responsabilizarla en la medida de su participación –a nivel tanto de las creencias como de los elementos terapéuticos- en la lucha de salud.


Tags: medicina, indigena, tradicional

Publicado por PRK @ 14:41  | Psicologia
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