Por Carlos Viesca
La existencia de cualquier medicina tradicional implica la dinámica
de dos tipos de factores que, por lo demás se encuentran íntimamente
ligados entre sí: uno de transmisión del conocimiento, caracterizado
por una acción directa ejercida de generación en generación y
materializada en estirpes de médicos que mantiene y reproducen el
conocimiento; y otro de carácter político, que se deriva de la
existencia de una cultura, y por ende, de un sistema medico hegemónico
en el cual los mecanismos de transmisión del conocimiento han sido
apropiados por el Estado, en tanto que subsisten extraoficialmente los
terapeutas, el conocimiento y las formas de transmitirlo de otros
grupos que, por razones de diversa índole, han pasado a desempeñar el
papel de representantes de culturas no hegemónicas.
En este sentido las medicinas tradicionales han existido en
diferentes sociedades como supervivencias de condiciones pretéritas,
funcionando a la vez como freno y forma de control social en cuanto a
la autoingestión de la salud por parte de la población.
No me ocupare ahora de los datos que nos permiten inferir la
presencia de una medicina tradicional en la sociedad mexica
prehispánica, ni de los cambios que conformaron la estructura de al
medicina oficial en ese momento, sino de los que, al día siguiente de
la conquista española, levaron a esta medicina oficial mexica a
constituir una parte fundamental de la medicina tradicional mexicana
tal como ha evolucionado desde entonces a nuestros días.
La medicina náhuatl, complejo cultural del cual la que se
practicaba en México-Tenochtitlán era representativa, había alcanzado
un considerable grado de desarrollo a principios del siglo XVI.
Investigaciones modernas han desenmarañado poco apoco el cúmulo de
conocimientos que de ella han llegado hasta nosotros, sea en códices y
documentos, sea el uso de remedios y elementos terapéuticos, de manera
que ya no estamos limitados a la afirmación de que los médicos
indígenas practicaban una medicina de indudable utilidad, sino que
conocemos cuales eran sus prescripciones y buena parte de los
principios generales de su teoría medica.
Toda su concepción de la medicina partía de la consideración del
hombre como habitante de la región del centro del universo, a mitad
entre los cielos y las nueve regiones del inframundo, en la confluencia
de los cuatro puntos cardinales. En este universo se creía que
pululaban dioses y espíritus de diversos géneros que regían,
condicionaban y modificaban todo lo que en él se acontecía. La
enfermedad tenía una representación básicamente religiosa, en la que
aun los elementos mágicos estaban rigurosamente jerarquizados y
supeditados a la acción o el permiso de deidades como Tezcatlipoca, por
ejemplo. Sin embargo, se había desarrollado también, basado en una
minuciosa observación de las circunstancias que rodeaban a la
enfermedad y del curso de ésta, un sólido conocimiento teórico en el
cual la explicación de lo que pasaba no podía ser dejada al nivel de
reconocer que los dioses la habían provocado, sino que buscaba saber
que cambios físicos, que modificaciones en el interior del cuerpo
humano, provocaban la acción de esos entes. Los puntos de referencia
estaban dados por la consideración de una polaridad frío-calor que,
encarnado las propiedades características del inframundo y lo celeste
respectivamente, hacían aprehensibles y aun clasificables los fenómenos
naturales, no refiriéndose ya tan solo al dios que lo generaba, sino a
las características físicas propias de la divinidad, del rumbo del
universo de donde ésta procedía, del lugar en donde el fenómeno tenia
efecto, de las propiedades de los demás seres involucrados en él. Así
quedaron perfectamente definidos los principios de una medicina que
consideraba a la salud como un equilibrio de los componentes fríos y
calientes del hombre –ser del centro como hemos visto; y a al
enfermedad como las alteraciones que aquel sufría, pudiendo así
estudiarse estos fenómenos independientemente de la causa que los
produjera
Esa actitud de observación permitía el uso, paralelo a las
oraciones y acciones mágicas, de numerosos procedimientos
médico-quirúrgicos encaminados a reinstalar el equilibrio perdido,
expeliendo el calor o frío excedente, proporcionando sustancias que los
aumentaran cuando uno u otro faltaban, que los desplazaran cuando su
distribución en el organismo no era la adecuada, que llenaran los
vacíos dejados por la sustancias expulsadas del cuerpo o movilizadas
dentro de él.
Al finalizar la conquista había quedado una población indígena
relativamente numerosa, con creencias muy arraigadas, aunque éstas
fuesen declaradas falsas y supersticiosas dentro del nuevo orden
reinante. Sin embargo, la habilidad práctica de médicos y cirujanos
nativos había sido altamente apreciada por algunos de los
conquistadores, quienes habían hecho uso de ella, primero por
necesidad, a falta de médicos europeos, después por convicción. Por
otra parte, en el médico indígena, responsable oficial durante algunos
años cuidado de los enfermos de su propia raza, se concentro también en
el mantenimiento de las creencias en los antiguos dioses, ahora
equiparado con Jesucristo, la Virgen y los santos Cristianos en un
sincretismo que impidió su reconocimiento por parte de los frailes e
inquisidores. El culto a la virgen de Guadalupe, madre de los
mexicanos, en el mismo sitio mismo donde estuviera un santuario de
Tonantzin, y la presencia de una imagen de Tlaloc en el altar cristiano
en el que los graniceros llevan a cabo hoy día sus ceremonias en la
cueva de Alcaleca, en las faldas de Iztacihuatl, son muestreas
fehacientes de ello.
Ministro del culto y creencia de los dioses de sus antepasados, el
médico indígena fue perseguido. Curandero conocedor de los remedios
autóctonos, fue buscado y consultado por aquellos mismos que le habían
quitado su calidad de médico
Durante unos cuantos años, al inicio del régimen colonial,
persistió en la ciudad de México un tipo de médico indígena que, si
bien reducido a unos cuantos representantes, cumplía con la función de
atender a la población indígena de acuerdo con los conocimientos y
experiencias de sus antepasados. Esta medicina se practicaba, y según
testimonios de la época, se enseñaba en el Colegio de Santa Cruz de
Tlatelolco, donde se escribió en 1552 el primer libro de medicina hecho
en América, el Códice de la Cruz-Badiano , el cual contiene numerosos
remedios indígenas combinados con elementos europeos provenientes
inclusos de textos clásicos, tales como la Historia Natural de Plinio.
Esto marca la aparición de la segunda gran raíz de nuestra medicina
tradicional, que es la española. Importadas de Europa llegaron muchas
plantas que pronto empezaron a a cultivarse en Nueva España, al mismo
tiempo que se buscaban sustitutos mexicanos para las que no legaban. Se
consagraron así los usos del ajenjo y el estafiate, su contraparte
americana, del ruibarbo, de la ruda, de la artemisa, de la Santa María,
y otras plantas más. Todo esto fue aprendido rápidamente por los
curanderos indígenas, quienes les atribuyeron grandes virtudes como
productos exóticos que eran para ellos, de igual manera que las plantas
americanas como el tabaco, la zarzaparrilla, el guayacán o la raíz de
Michoacán, Lorena par a los médicos europeos.
Desde el punto de vista de las creencias, fueron asimismo
adoptadas por los curanderos, ahora ya bautizados, las oraciones y el
patronazgo de los santos cristianos, incluyendo el indispensable altar.
Del lado de las teorías, pudieron fácilmente comprender los que decían
los españoles acerca de las causas de las enfermedades y de sus
tratamientos, ya que la teoría de los humores, modelo explicativo
valido en la medicina europea de ese entonces, consideraba el frío, el
calor, la humedad y la sequedad como características físicas a partir
de las cuales se podía clasificar todo lo existente en le mundo fisco.
Esto correspondía parcialmente con le sistema binario indígena basado
en la polaridad frío-calor. De hecho es importante recalcar que las
diferentes comunidades indígenas y mestizas mexicanas se mantuvieron
estas dos propiedades, el frío y le calor, de procedencia netamente
indígena, no prestándose prácticamente importancia ni a lo húmedo ni a
los seco.
De esta manera se fue constituyendo, a través del tiempo, un cuerpo
de conocimientos, creencias y practicas que ya no es, desde ningún
punto de vista, indígena, en el sentido de lo prehispánico, ni tampoco
español. La medicina tradicional mexicana es tequitqui, mestiza. Es una
prueba de importancia de ese mestizaje que caracteriza nuestra
nacionalidad. Sus conceptos son aquellos de la ciencia del siglo XVI,
nahua y española, que se han enriquecido en los cuatrocientos años
transcurridos desde entonces con otros provenientes de la medicina
popular española, con su raíz arábiga, de los traídos por los esclavos
negros en los siglos XVI y XVII, con la idea de la localización
espacial de la enfermedad en un órgano, con le conocimiento impregnado
altamente de factores imaginativos de la existencia de microbios
patógenos. Durante esos siglos se ha perdido la sistematización,
excepción hecha de los curanderos que han guardado cuidadosamente sus
conceptos y los han transmitido de generación en generación, no
limitándose a enseñar las practicas y los procedimientos que tiñen de
empirismo la acción de muchos otros; ahora está allí testimoniando un
conocimiento que constituyo la “ciencia” de nuestros antepasados y que
está allí, para permitirnos reconstruir su estructura cognoscitiva y
para ser resistematizada por alguien que la vea dentro de esa misma
cultura, como sucede de vez en vez con curanderos llamados a serlo por
medio de signos sobrenaturales, y quienes tienen que integrar su
conocimiento, sea a través de ungía o mediante la experiencia mística.
La importancia de la medicina tradicional para la atención y manejo
de problemas de salud es innegable. Ya a principios del siglo XVII, el
medico del marques de Guadalcazar, virrey de Nueva España, se quejaba
con amargura de que la clientela d e los médicos universitarios era
escasa, pues todos los indios y muchos españoles acudían con curanderos
para atenderse. En la actualidad, la situación no ha cambiado sino
parcialmente, ya que un buen porcentaje de los mexicanos recurren de
una u otra manera a la medicina tradicional: tenemos a la población
rural con difícil acceso tanto material como culturalmente a los
servicios oficiales de salud, comprendiendo en ella a los grupos
indígenas, mas o menos puros, en quienes el arraigo a las tradiciones
es mas acentuado; están los grupos marginados, con grados variables de
desarraigo; el esnobismo de ciertos sectores de las clases media y alta
que, al igual que sucede en otros países del mundo, está tomando
algunas practicas y creencias de estas medicinas como un medio de
demostrar su inconformidad y descontento frente a los satisfactores
sociales y a la sensación de vacío existencial.
Oficialmente inexistente, la medicina tradicional mexicana,
paralelamente con otros sistemas médicos importados, continua cubriendo
necesidades concretas. Es ya el momento de reconocer y redefinir el
papel de la medicina tradicional en la atención primaria de la salud, y
establecer las políticas de la salud, y establecer las políticas
adecuadas para ello, de recorrer el velo de su invisibilidad y
responsabilizarla en la medida de su participación –a nivel tanto de
las creencias como de los elementos terapéuticos- en la lucha de salud.
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