Las creencias míticas desarrolladas desde la época prehispánica fueron influidas por las ideas religiosas católicas. En el calendario azteca existían dos meses dedicados a las festividades de los muertos. El primero de ellos era el noveno mes o "fiesta de los muertecitos". El segundo o décimo mes se dedicaba a los muertos grandes o "gran fiesta de los difuntos", fecha en que se sacrificaba un gran número de hombres, lo que daba a esta celebración gran solemnidad y relevancia.
Debido al sincretismo de las culturas del Viejo Mundo con las del Nuevo Mundo, se adoptó el 1 y 2 de noviembre como los días para festejar a los difuntos. En muchas comunidades de nuestro país, los panteones se limpian, se deshierban, se pintan las tumbas y sobre ellas, los parientes acomodan las ofrendas, o bien las sepulturas se adornan con flores, nuevas cruces y mazos de velas o varias veladoras encendidas.
Para esperar a las ánimas de los difuntos se pone un arco de flores a la entrada de la casa y ahí se coloca a la persona de mayor edad de la familia con un sahumerio con copal, para invitar a los muertos a pasar por el camino que conduce a la ofrenda y que los niños han regado con pétalos de flores de cempasúchil.
El repique de campanas de las iglesias, a las ocho de la noche del 31 de octubre, anuncia la llegada de los "espíritus de los niños", que "ya vienen". Para esa hora, las señoras de la casa ya tienen arreglado el altar: dos mesas puestas en dos niveles con manteles blancos o con papel de china, en donde se coloca la ofrenda para los "angelitos". Esta consiste en alimentos que les gustan a los niños: pan de muerto, fruta, elotes, atole de masa o "champurrado" (atole de chocolate), leche en jarritos especiales, tamales de dulce y de elote, arroz con leche, "necuatole" o sea dulce de calabaza (calabaza en tacha), conserva de tejocotes y refrescos. Varias familias ponen también juguetes de madera y barro: jarritos, canastitas, cochecitos, muñecas de trapo, valeros, sin faltar en ningún lado las calaveritas de azúcar.
Todo el día siguiente, 1 de noviembre, repican las campanas por el gozo que causa la visita de los infantes. La hora del retiro de los "chiquitos" varía, en algunas partes lo hacen desde las doce del día, en tanto que en otros lo llevan a cabo a las ocho de la noche.
Al mediodía del 2 de noviembre, se tocan las campanas anunciando que vienen los difuntos grandes. Entonces se cambian las ofrendas y mientras se hace esto, se colocan jarros con agua, "porque empiezan a llegar los difuntos y vienen cansados, acalorados, con sed y se les debe recibir con un jarro de agua fresca".
Al instalar la ofrenda, las mujeres persignan la mesa del altar con el primer pan que van a poner. Principian por invitar al último ser querido que falleció y con él a todos sus ancestros difuntos. Encima del pan y de la fruta colocan velas formando una cruz, flores de cempasúchil alrededor de la mesa o sobre el pan también formando una cruz. Frente a este altar de muertos, se ponen ramos de flores, sahumerios con copal, candeleros con velas encendidas o veladoras, también hay cazuelas con mole, tortillas, pan de muerto, cigarros, jarras de pulque, tequila, mezcal o cualquier otro licor y las infaltables calaveritas de azúcar. En algunos lados también ponen retratos de los difuntos.
En cuanto a los muertos que ya no tienen familiares ni parientes que "vean por ellos" se les ofrenda siempre una veladora y un jarro de agua que se colocan, por lo general, en la entrada de las casas.
Todas las ofrendas tienen la misma finalidad: recibir a los familiares difuntos para compartir con ellos los buenos frutos de la tierra, recordarlos y halagarlos con lo que a ellos les gustaba. Pero, sobre todo, tener presente el hecho de que a pesar de que se han ido, cada año, los días 1 y 2 de noviembre volverán para estar nuevamente reunidos con los suyos.
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