jueves, 31 de mayo de 2007
Publicado por PRK @ 13:24  | Libros y música
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Texto:  Imagen©Juan Luis Gutierrez Garcia 2006



Hace cuatrocientos un años, ve la luz en las casas editoriales (que no en la mente de su creador), la aventura del famoso hidalgo Don Quijote de la Mancha.

Miguel de Cervantes Saavedra, escritor por de oficio pero soldado y aventurero por afición, concibe en la cárcel la aventura que lo haría inmortal. El español, crece como hijo de un cirujano, en aquel tiempo, los cirujanos sacaban dientes (eran dentistas), hacían sangrías, una operación que supuestamente ayudaba a la salud, mediante el descongestionamiento de las venas y arterias del cuerpo de la sangre sobrante, Saavedra vivió la vida de un viajero, con su padre en constante movimiento por su trabajo, fue un buen estudiante, aunque la escuela no era lo suyo, él quería la aventura, se enlistó en la milicia y fue a la guerra. En la batalla de Lepanto, una de las primeras y aunque no la última de su experiencias militares, si sería la que más lo marcaría, sufre una herida por un arcabuz, su mano izquierda queda inutilizada, por ello, es llamado, “el manco de Lepanto”.

Tras una amarga experiencia de encierro en el norte de África, Saavedra se dedica a todo lo que es posible, se convierte en un “milusos”, y no sería hasta que descubre la literatura, como oficio, que se establece en una labor.

De toda la bibliografía cervantina, ningún libro tuvo el éxito comercial que tuvo el Quijote, es así,
que desde que viviera Cervantes, esta sería su obra cumbre.

El Quijote nace, como ya se dijo, en prisión, mientras Cervantes purgaba una condena por adeudo de impuestos .

El libro de “El famoso Hidalgo Don Quijote de la Mancha”, parece a la luz de los siglos (cuatro ya, que se balancean sobre la triste figura de aquel caballero), como algo lejano, como algo extraño, no nos es común, ni los molinos de viento, ni los escampados enormes, ni los bosques oscuros y terribles hogar de criaturas nunca vistas por los ojos humanos, la vida rural y sencilla por la que Don Quijote desenvuelve su travesía.

Nos son ajenos los males de amor, las églogas, las cantatas, los agravios y las venganzas, de las que Don Quijote haría bonanza en sus aventuras.

Como nos es ajeno el Quijote como obra y expresión de una época y una forma de vida distinta a la nuestra, le era Don Quijote extraño al mundo, usando armas de cien años atrás, una bacía de barbero en la cabeza, el bálsamo de Fierabras en el estomago, y Dulcinea del Toboso en su corazón, un hombre, se echó a recorrer mundo, sólo guiado por sus vastos conocimientos en caballerías, adquiridos a través de largos años de “devanarse el seso” leyéndolos y tratando de descifrar su redacción, hasta que al fin, “del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro y vino a perder el juicio”.

Y es allí, en donde comienza, la verdadera aventura, una aventura, en la que las ventas (pequeños hoteles repartidos en los caminos), se transformarían en hermosos castillos, con grandes capiteles y fosos rodeándolos en donde Don Quijote sería atendido por doncellas (prostitutas o mujeres ciclópeas sin dientes, de más de cincuenta años) cuya belleza no sería igualada y superada sino por su sin par señora Dulcinea del Toboso (una campesina, que era particularmente diestra en “salar salmón”, cuyo aroma apenas podía compararse con el de un trabajador del campo tras una ardua tarde de tarea), en donde el encuentro de dos rebaños de apacibles cabras, serían batallas memorables entre ejércitos de creyentes y paganos.

Don Quijote es un libro, que retrata, como bien dicen los expertos, la caída de una época y el surgir de otra, cuando los caballeros andantes, ya nos son necesarios, cuando los ideales que los levantaban ya son caducos, cuando un pobre loco no sería más que el retrato de una edad, de una vida y de una historia ya perdida en aquel nuevo siglo XVII.

También es cierto, que las charlas del caballero de la triste figura con su fiel escudero Sancho Panza, son muestras sumamente claras y bellas composiciones acerca de los más variados temas, desde el honor y el valor, hasta la salud y el buen comer, que cada uno de estos diálogos está cargado no sólo de una profundidad y hermosura técnica en la escritura, ni de un simbolismo increíblemente complejo, sino de una sabiduría muy bien lograda, una sabiduría popular, que se convierte en un discurso, no moral, sino filosófico, de vida, de ejemplo, de ideal.

Los expertos, también dicen, que es la obra cumbre de la literatura hispana por su perfección técnica, lo cual es también verdad, siendo la belleza de los poemas que lo salpican y la perfección de su escritura, una experiencia de lectura inigualable, que invita, al experto, al crítico y al amateur a sumergirse en una composición precisa y bella, clara en sus retruécanos, de una complejidad sumamente atractiva por sobremanera y por más placentera, en la que sus formulas no son repetitivas, que se encuentra repartidas de manera maravillosa, en donde una prosa que vuela por el papel transporta al lector dentro del mundo del Quijote, unas veces sentado con él, viendo la belleza de su amada, o sus terribles enemigos frente a él, otras con Sancho, con el movimiento de su borrico, sin ser capaz de ver todas las maravillas que su señor le describe frente a su propios ojos, otras soñando con todos los beneficios que el caballero le ha prometido a cambio de sus servicios; y buena parte del tiempo, en un dialogo constante, en unas “sabrosas razones que intercambiarían amo y escudero”, en el que se expresan los más hondos sentimientos de ambos seres, en donde, cada fibra de humanidad y sensibilidad del caballero, se contrasta con la sencillez y simplicidad de la de su escudero, en la que comparten desventuras y alegrías, en la que los consejos de Sancho son llamadas a la cordura y los de Don Quijote llamados a la aventura y el valor; en donde aquellas consejas y aquellos discursos muestran cómo es que la naturaleza humana puede ser expresada en términos tan complejos y heroicos, en verso y composición, en métrica y estilo como lo hace el caballero andante, o con la sencillez y claridad que sólo el corazón más sencillo y puro, inocente podría decirse, puede expresar en sus razones, como lo hace Sancho, al pedirle algo a su maestro con lagrimas en los ojos, todo esto en un libro de cuatrocientos uno años, que se ríe del contexto y la caducidad de las ideas, al ver como grandes teóricos y grandes científicos no puede sostener sus teorías ni la mitad de los que el Quijote lleva vivo, enseñando a los hombres a vivir; en fin, un texto, por demás hermoso, digno de ser llamado la obra cumbre de la literatura hispana.

Los expertos, han aprovechado al Quijote para entender o explicar, desde las vías, reglas y maneras de la lengua española escrita, por medio de incontables libros y artículos, referentes a todos los aspectos lingüísticos, poéticos, históricos, literarios, etc. contenidos en la obra, hasta teorías sociológicas y psicológicas, de la humanidad, de la mexicanidad, de la naturaleza humana, exaltando y glorificando la locura del caballero andante, colocándola como ideal de la vida humana, o utilizándola como modelo explicativo de su teoría del funcionamiento social, de las reglas que rigen a la psique humana; mostrando a un ser desvalido como lo es el un anciano flaco, desdentado y con el juicio débil, o por otro lado, exponiéndolo como pilar de virtud y valores, como un ser de fe y voluntad inquebrantable.

Lo que los expertos olvidan o pocas veces mencionan, es lo que en realidad compone al Quijote, lo que es su alma y su esencia; lo divertido que es, Don Quijote de la Mancha, es un libro, que se encuentra plagado de comicidad, en la que el caballero es golpeado cada vez que termina una aventura o vilipendiado por aquellos a quienes trata de ayudar, donde hay coces, vómitos, excreciones, gritos, risas, donde el ser más serio y más digno, se viste de mujer para engañar al famoso hidalgo, en donde un molino se convierte en gigante, en donde unos arrieros se vuelven fantasmas voladores y manteadores (en las fiestas se manteaban [sostenerlos en una tela y hacerlos volar repetidamente] perros) que atacarían a Sancho, un hombre herido por la perfidia de una prostituta, un fantasma golpeador, unos batanes (instrumentos que tensaban la piel a ser curtida), en gigantes terribles, una mezcla de romero, aceite, sal y vino, se convierte en un bálsamo que casi mata (literalmente) al pobre escudero y por otro lado restablece y reconforta al gallardo caballero.

Es una historia en la que el lector siente y sabe que Don Quijote no está tan loco como lo pintan los expertos o los teóricos, ni que Sancho es tan inocente y torpe como se suele creer, que sólo son un par de hombres que en busca de aventuras, de algo nuevo y excitante, se lanzan, literalmente a ver qué cae, qué hallan, a quién pueden ayudar, puede decirse que Don Quijote inaugura a los mochileros, jóvenes que con sólo su mochila y en busca de aventuras como modernos Quijotes, se ponen a viajar, el lector ve a un Don Quijote más inteligente y más hábil que la realidad, porque el “la puede componer a su gusto”, no es un pesimista que sólo ve lo terrible de su situación, sino un hombre con una inusitada alegría en el corazón, con un optimismo que se contagia, con un ansía por vivir envidiable, por unos modos, unos triunfos y unos fracasos que llenan el espíritu humano de fuerza y valor.

El Quijote es un libro arruinado, a la vista de la sociedad, por los cursis, los intelectuales, los habapiriacos (etimología libre del gran Abel Quezada, que denota a los que se les queman las habas por decir algo), los teóricos y los especialista de la lengua, que sin mayor afán que el de profundizar en las áreas y nudos que marcan al Quijote como una de las obras fundamentales de la literatura, sólo han logrado que la gente común y corriente no lea al Quijote, que los lea a ellos, y mientras que el libro de Cervantes es una historia, divertida, placentera y sumamente pedagógica y filosófica, las de los expertos con respecto del Quijote son agrias y aburridas sólo hechas para ellos, para su gremio, pues el lector no experto siente que no puede descifrar aquel mar de conocimientos y no se acerca al Quijote, sino a sus estudiosos.

El Quijote es un pretexto, para divertirse y aprender, para charlar en la sobremesa, para reír sin para al recordar sus aventuras, para llenarse de inspiración y valor, no para aburrirse, no para idolatrarlo como si fuera una obra de arte tras quince centímetros de plexiglass, no es algo que se rompa o se dañe por estar cerca de él, es un juguete, es una diversión, no está escrito para los intelectuales y los cursis, es para el hombre común, es para ti, es para mí, todos tenemos algo que leer, ver, sentir, amar y de qué reírnos del famoso hidalgo.

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